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sábado, 25 de marzo de 2017

Solemnidad de la Anunciación del Señor


Celebramos hoy, en medio del tiempo de Cuaresma, una gran fiesta: la Anunciación del Señor a la Sma. Virgen, a través del ángel Gabriel.  La primera Lectura del profeta Isaías (Isaías 7,10-14;8,10) nos recuerda las (promesas de Dios a David) promesas mesiánicas de Dios a Israel. A partir de allí, toda la historia del pueblo elegido gira entorno a estas grandes promesas. Pero en el tiempo de María queda sólo un pequeño resto que mantiene viva esa fe expectante. La Sma. Virgen no sólo forma parte de este grupo fiel, sino que es, a la vez, su centro y su culminación.  En la Anunciación ha llegado, por fin, esa hora que fue anunciada, por los profetas y que el pueblo esperaba desde hacía siglos. El encuentro del ángel con María resulta uno de los momentos más grandes de la historia de Israel y de toda la humanidad. Esta historia pasa ahora por Ella, depende de Ella, culmina en Ella - pero en provecho de todos.  De una manera única se tocan el cielo y la tierra, la grandeza de Dios y la pequeñez de su creatura. A Ella Dios la ha elegido para revelar su misterio, mantenido en secreto durante siglos. En el seno de María se hará realidad la promesa de Dios: “El Señor le dará el trono de David, su padre y reinará sobre la casa de Jacob para siempre”, le anuncia el ángel a María.  El llamado a María, por medio del ángel, es significativo para el actuar de Dios frente al hombre. Podemos verlo, sobre todo, en 3 características:  (1) Dios prefiere a los humildes, a los pequeños, a los sencillos. Por eso escoge a María, “la esclava del Señor”. Ella es humilde, porque conoce la distancia infinita que hay entre Dios y Ella. María se siente una hija pequeña e insignificante de su pueblo. Por eso se turba cuando el ángel la saluda: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.  (2) Una segunda característica: Para los sucesos verdaderamente grandes de la historia y de nuestra vida, Dios no elige la agitación y la turbulencia del mundo, sino elige la soledad y la tranquilidad. Los momentos más grandes suelen ser los más silenciosos y ocultos. Así sucede también en este encuentro singular entre el cielo y la tierra: tiene lugar en la soledad y paz de la casa de María, ignorado por el mundo.  (3) Además, la Anunciación nos revela, que Dios toma en serio al hombre y su libertad. Por eso no quiere realizar sus planes de salvación sin la colaboración y el consentimiento libres del hombre. En la escena del Evangelio, este respeto de Dios ante la dignidad y libertad del ser humano se expresa de un modo impresionante. Dios le da a María la posibilidad de aceptar a rechazar su misión. Dios pone el destino de la humanidad en las manos de esta virgen sencilla.  La respuesta de María en esta hora decisiva resulta ejemplar para todos nosotros: “Hágase en mí según tu palabra”. Ella acepta, aunque no vea ni comprenda. Por eso, lo más extraordinario de María, en la hora de la Anunciación, es su fe.  María es la primera creyente de la Iglesia: La Madre de todos los creyentes, como la llaman los Padres de la Iglesia. Ella es modelo de nuestra fe, no sólo en la hora de la Anunciación, sino también en toda su vida.  El ángel se retira y Ella queda sola, sola con su gran misterio, sin posibilidad de explicárselo a nadie. Y se inicia su doloroso camino de fe. Desde ese mismo momento comienza a ser la Madre Dolorosa. Recordemos nomás su situación difícil frente a San José, el nacimiento en la miseria, la matanza de los inocentes, la fuga a Egipto, hasta la muerte de su Hijo en la cruz.  Ésta y no otra es también nuestra suerte, si queremos ser cristianos auténticos. La fe no es un seguro cómodo de la vida, sino es un salto en el vacío, un camino de lucha continua, que incluye también la cruz.  Pero tenemos en María una Madre que nos precedió en este camino y que nos acompaña, de nuevo, con su ayuda, su estímulo y su consuelo. Y al final de nuestra vida, Ella nos espera para llevarnos a la Casa del Padre, para siempre.   ¡Qué así sea!  En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.  Padre Nicolás Schwizer  Instituto de los Padres de Schoenstatt          ©Evangelizo.org 2001-2017


Celebramos hoy, en medio del tiempo de Cuaresma, una gran fiesta: la Anunciación del Señor a la Sma. Virgen, a través del ángel Gabriel.

La primera Lectura del profeta Isaías (Isaías 7,10-14;8,10) nos recuerda las (promesas de Dios a David) promesas mesiánicas de Dios a Israel. A partir de allí, toda la historia del pueblo elegido gira entorno a estas grandes promesas. Pero en el tiempo de María queda sólo un pequeño resto que mantiene viva esa fe expectante. La Sma. Virgen no sólo forma parte de este grupo fiel, sino que es, a la vez, su centro y su culminación.

En la Anunciación ha llegado, por fin, esa hora que fue anunciada, por los profetas y que el pueblo esperaba desde hacía siglos. El encuentro del ángel con María resulta uno de los momentos más grandes de la historia de Israel y de toda la humanidad. Esta historia pasa ahora por Ella, depende de Ella, culmina en Ella - pero en provecho de todos.

De una manera única se tocan el cielo y la tierra, la grandeza de Dios y la pequeñez de su creatura. A Ella Dios la ha elegido para revelar su misterio, mantenido en secreto durante siglos. En el seno de María se hará realidad la promesa de Dios: “El Señor le dará el trono de David, su padre y reinará sobre la casa de Jacob para siempre”, le anuncia el ángel a María.

El llamado a María, por medio del ángel, es significativo para el actuar de Dios frente al hombre. Podemos verlo, sobre todo, en 3 características:

(1) Dios prefiere a los humildes, a los pequeños, a los sencillos. Por eso escoge a María, “la esclava del Señor”. Ella es humilde, porque conoce la distancia infinita que hay entre Dios y Ella. María se siente una hija pequeña e insignificante de su pueblo. Por eso se turba cuando el ángel la saluda: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

(2) Una segunda característica: Para los sucesos verdaderamente grandes de la historia y de nuestra vida, Dios no elige la agitación y la turbulencia del mundo, sino elige la soledad y la tranquilidad. Los momentos más grandes suelen ser los más silenciosos y ocultos. Así sucede también en este encuentro singular entre el cielo y la tierra: tiene lugar en la soledad y paz de la casa de María, ignorado por el mundo.

(3) Además, la Anunciación nos revela, que Dios toma en serio al hombre y su libertad. Por eso no quiere realizar sus planes de salvación sin la colaboración y el consentimiento libres del hombre.
En la escena del Evangelio, este respeto de Dios ante la dignidad y libertad del ser humano se expresa de un modo impresionante. Dios le da a María la posibilidad de aceptar a rechazar su misión. Dios pone el destino de la humanidad en las manos de esta virgen sencilla.

La respuesta de María en esta hora decisiva resulta ejemplar para todos nosotros: “Hágase en mí según tu palabra”. Ella acepta, aunque no vea ni comprenda. Por eso, lo más extraordinario de María, en la hora de la Anunciación, es su fe.

María es la primera creyente de la Iglesia: La Madre de todos los creyentes, como la llaman los Padres de la Iglesia. Ella es modelo de nuestra fe, no sólo en la hora de la Anunciación, sino también en toda su vida.

El ángel se retira y Ella queda sola, sola con su gran misterio, sin posibilidad de explicárselo a nadie. Y se inicia su doloroso camino de fe. Desde ese mismo momento comienza a ser la Madre Dolorosa. Recordemos nomás su situación difícil frente a San José, el nacimiento en la miseria, la matanza de los inocentes, la fuga a Egipto, hasta la muerte de su Hijo en la cruz.

Ésta y no otra es también nuestra suerte, si queremos ser cristianos auténticos. La fe no es un seguro cómodo de la vida, sino es un salto en el vacío, un camino de lucha continua, que incluye también la cruz.

Pero tenemos en María una Madre que nos precedió en este camino y que nos acompaña, de nuevo, con su ayuda, su estímulo y su consuelo. Y al final de nuestra vida, Ella nos espera para llevarnos a la Casa del Padre, para siempre.


¡Qué así sea! 
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer 
Instituto de los Padres de Schoenstatt




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